jueves, 20 de octubre de 2011

Made for another world



"Most people, if they really learned to look into their own hearts, would know that they want, and want acutely, something that cannot be had in this world. There are all sorts of things in this world that offer to give it to you, but they never quite keep their promise...if I find in myself a desire which no experience in this world can satisfy, the most probable explanation is that I was made for another world." (C.S. Lewis, Mere Christianity).


I give painful
evidence every day.
I experience it in
predictable and unpredictable
moments.
I guess I should know
better,
but I am often
caught off guard.
There is an
insatiable longing
inside of me,
a thirst that never
seems to be
quenched.
This deep hunger
doesn't go away
no matter how busy
I get
or how hard I work to be
distracted.
I long for
Justice
Love
Hope
Peace
Perfection
Satisfaction
Mercy
Contentment
Rest
Harmony
Joy
and none of these
longings
ever gets fully
satisfied.
And so in my quest
for more
I am faced with
the incontrovertible
daily evidence
that this simply is not all
that there is
and the sure truth
that I was
hardwired
for another world.



http://www.facebook.com/notes/paul-david-tripp/listening-to-lewis/265640476811556



viernes, 23 de septiembre de 2011

lunes, 12 de septiembre de 2011

Un par de velas

Nos aventuramos a la calle para ver qué veíamos en medio de la oscuridad. Sí, así empieza mi torpe texto porque la longitud de nuestras vistas llegaba a muy poco sin postes de luz funcionando, letreros comerciales ni semáforos para apoyarla. Es muy fácil olvidar lo que es la verdadera oscuridad cuando se vive en una ciudad donde gracias a la contaminación lumínica es casi imposible apreciar las estrellas. Se aprende a dormir y despertar con luz. Pocas veces en la vida he tenido la experiencia de tener mi mano a escasos centímetros mis ojos sin poder distinguir ni una sola de sus sombras; sin estar consciente que ahí está frente a mí solo porque la siento, la puedo mover de aquí a allá. El apagón del pasado 8 de septiembre en el norte de B.C., el sur en ciertas zonas de California, y un poco más allá en nuestro vecino Este produjo una muy interesante confusión. La gente como sin saber qué hacer con tiempo en sus manos no sabía si prestarse a dejarse llevar por el temor o aparentar un perfecta calma; total, estos apagones siempre duran menos de un par de horas, es lo que la mayoría pensaba –me imagino-. Pero esta vez pasaron las horas y seguíamos en la penumbra. Las personalidades, sin las comunes máscaras, y como siempre sucede en los tiempos de inquietud, brotaron maravillosamente: desde los que en compras de pánico hicieron largas filas en las hieleras parar cargas bolsas y más bolsas de hielo en sus cajuelas, los que llamaron a cada uno de sus familiares para preguntar si estaban bien, hasta los que simplemente se sentaron en las salas de sus casas a disfrutar de un café a platicar con su familia con la luz que un par de velas puede aportar. Pero lo que estoy casi segura la mayoría experimentó fue un profunda reflexión, bueno, dejémosle en reflexión, sobre si sabríamos cómo actuar en una crisis mayor. No quiero ni pensarlo, pero quizá un terremoto, o cualquier otro desastre natural. A quién acudiríamos si resulta que un día no solo nos faltara luz sino también el agua, la comida… y ni siquiera mencionarlo: el internet (anoto la palabra “sarcasmo” para que no me definan como insensible). Cuando estuviéramos experimentando lo que vemos en las notas periodísticas les sucede a tantos, a la mayoría, que simplemente día a día perdieron lo llamado por la humanidad “una vida digna”.

No deseo invocar nada, ni menospreciar todos aquellos avisados que han sabido armar y guardar sus botiquines de primeros auxilios y supervivencia. Solo recordar que no estamos exentos de nada y que de nuevo la vida nos demuestra no es de confiar la aparente estabilidad que nos ofrece el hombre. Yo por lo menos desearía siempre invocar al que no duda en socorrer al que se lo pide de corazón. A los justos que han reconocido tiene todo señorío y pueden beneficiarse de su protección pues pertenecen a su amado Hijo Jesús.



¿De dónde vendrá mi socorro?
Mi socorro viene de Jehová,
que hizo los cielos y la tierra.

Salmo 121: 1 y 2